martes, 24 de junio de 2014

Cuando pierdes al amor de tu vida

Ayer, volví a ver a mi mejor amigo de la secundaria después de  7 años que se fue a estudiar a USA, tuvimos un almuerzo fabuloso, es todo un profesional, le va mejor que toda la gente de la promoción y estoy muy orgullosa de él y de su esfuerzo. Sin  embargo, después de comer fuimos a caminar como soliamos hacerlo antes por el parque en donde él se encontraba con su ex novia y yo con su primo que, en ese entonces, era mi novio también y ví una lagrima salir de sus ojos, entonces nos sentamos y comenzamos a conversar, ya no de nuestras carreras sino de nuestro plano sentimental. Pasamos varias horas hablando de lo que nos sucedió cuando nos dejamos de ver y él me contó que sentia que lo tenia todo menos el amor al amor de su vida, y pués hoy escribí  una relato  para que la  historia de  mi amigo no se repita y tal vez algunos chicos o chicas piensen bien que importante es no dejar ir a la persona que aman.



EL ABANDONO


Yo la amaba, claro que la  amaba. Amaba sus ojos redonditos y picaros, sus labios delgados y bien delineados, su nariz esbelta y pequeña, y esos hoyuelos, que se formaban cada vez que ella mostraba sus dientes brillantes, con una sonrisa. Anhelaba ser parte de ella y de sus días,  quería ser más que eso, deseaba ser su día y su noche, tenerla para siempre, oler sus manos, su cuello, su cabello…
Me  encontraba en un dilema: decidir entre quedarme a trabajar o salir del país con la promesa de estudiar que me había hecho mi tío, pero aquello suponía perderla, no verla, no besarla ni olerla. Sus ojitos de rabia y dolor me miraron enojada: me rechazó, me odió, no entendió.
Me fui con el corazón roto sin un beso de despedida o un abrazo siquiera, tal vez ella tenía la esperanza de que yo vuelva, motivado por el exuberante amor que vivía en mi pecho, a decirle que no me alejaría de su lado nunca. Los días en aquel país extranjero fueron difíciles al principio; aprender el idioma y relacionarme con la gente fue una labor ardua y tediosa. Recibía cartas de mi madre y hermana, que solitas pasaban sus días;  me tenían solo a mí, yo seria el protagonista del sueño americano de las dos, yo debía trabajar y estudiar mucho para sacarlas de esa vivienda, yo tenía que ser una esperanza, un sueño, una luz y eso fui. No recibí  una sola carta de ella, pero mi madre y hermana me hicieron saber que mi partida la había destruido; yo le enviaba cartas pero jamás respondió.
Al tercer año en la universidad, me enteré  que ya  salía con otro, que bebía, que ya no era sencilla, que era una libertina. Mi amor por ella, que hasta ese entonces seguía puro, se convirtió en dolor: el más grande que se puede sentir. Las  noticias  acerca de su vida ya no eran las mismas, cada vez  mas inquieta, más nocturna,  más lejos de mí.
Una noche,  en la habitación  que me brindaba la universidad,  estaba bebiendo solo, de pronto, sonó el teléfono, y un llanto desgarrador escuché, seguidamente una voz desquebrajada me decía: ‘’ayúdame, perdóname, vuelve’’,  supuse que era ella y le dije que ya no la amaba que ya la había olvidado, colgué el teléfono y esa misma noche, llena de lagrimas y más alcohol, fue lo que continuó…
Los días que transcurrieron fueron muy extraños, mamá y mi hermana ya no me llamaban tan seguido, y escondían algo, yo lo presentía, era algún asunto grave y tal vez  no querían preocuparme. Ya no supe más de  ella.
Me gradué con honores y trabajé tres años en una revista de Los Ángeles, pero   la propuesta de una cadena televisiva para ser su corresponsal en Perú, captó  mi atención; acepté  de inmediato y de sorpresa  llegué  a  casa, no al antiguo barrio donde vivía,  claro que no,  yo  había logrado el sueño americano, mi madre y mi hermana naturalmente ya residían en una  casa propia, con jardín y hasta una empleada, muy lejos de mi antigua quinta.
Estar de vuelta en mi país  me hizo recordar aquel amor colegial y apasionado que yo creía divino y eterno.
Además de laborar como corresponsal del noticiero español, un canal local requería de mis servicios como su reportero y sin pensarlo dos veces accedí a su pedido. Una  tarde, me enviaron  a  cubrir una nota: el asesinato de un niño cuya victimaria era su madre; aquello sonaba  tan escalofriante  e inhumano,  pero yo  había vivido situaciones peores y  sin vacilar me en caminé al lugar de los hechos. La multitud se agrupaba y un diminuto cuerpo, cubierto por una bolsa negra y cargado  por los policías, se alejaba de la escena del crimen. Mi compañero gravaba el traslado del cadáver y yo esquivaba a las personas para llegar hacia la autora del asesinato. Ella, quien se cubrió con  una capucha verde caminaba  como una sonámbula,  tomada del brazo por los policías. La vecindad la llamaba  ‘’asesina’’, ‘’mala entraña’’, entre otros calificativos; una mujer gorda y morena le quitó la capucha del rostro y sus ojitos picaros llenos de rabia y dolor igual que el día  en que le dije que me iría, me miraron  esa tarde. Yo tenía que obtener una declaración suya;  no pude,  fue la primera vez que no realicé objetivamente mi labor periodística. La  policía se la llevó, me sentía muy  tieso,  los demás reporteros fueron tras el patrullero, mi compañero me gritó, pero yo no podía mas, permanecí estupefacto.
Ella  asesinó al hijo  que fue producto de una violación. Después que yo la dejé su vida fue un infierno: su madre la abandonó y se quedó sola con su padre, se dedicó a la bebida y a las fiestas, paso de relación en relación, buscando  el amor que se hallaba en otro país estudiando; no había sido de nadie, hasta que una noche su propio padre  la violó, aquella noche  me llamó; y yo por segunda vez la abandoné,  la dejé  a  su  suerte. ¿De qué  me sirvió lograr el éxito profesional?  Yo me pregunto cada noche. No la tengo  y me siento el más miserable de los hombres, yo fui el causante de todas sus desgracias, si tan solo me hubiera quedado a su lado. Ahora ella en la cárcel y yo con dos trabajos y mucho dinero. ¿La abandonaré otra vez?  No  lo sé…











Escrito por:  Patricia Santos López.

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