Ayer, volví a ver a mi mejor amigo de la secundaria después de 7 años que se fue a estudiar a USA, tuvimos un almuerzo fabuloso, es todo un profesional, le va mejor que toda la gente de la promoción y estoy muy orgullosa de él y de su esfuerzo. Sin embargo, después de comer fuimos a caminar como soliamos hacerlo antes por el parque en donde él se encontraba con su ex novia y yo con su primo que, en ese entonces, era mi novio también y ví una lagrima salir de sus ojos, entonces nos sentamos y comenzamos a conversar, ya no de nuestras carreras sino de nuestro plano sentimental. Pasamos varias horas hablando de lo que nos sucedió cuando nos dejamos de ver y él me contó que sentia que lo tenia todo menos el amor al amor de su vida, y pués hoy escribí una relato para que la historia de mi amigo no se repita y tal vez algunos chicos o chicas piensen bien que importante es no dejar ir a la persona que aman.
Yo
la amaba, claro que la amaba. Amaba sus
ojos redonditos y picaros, sus labios delgados y bien delineados, su nariz
esbelta y pequeña, y esos hoyuelos, que se formaban cada vez que ella mostraba
sus dientes brillantes, con una sonrisa. Anhelaba ser parte de ella y de sus
días, quería ser más que eso, deseaba
ser su día y su noche, tenerla para siempre, oler sus manos, su cuello, su
cabello…
Me encontraba en un dilema: decidir entre
quedarme a trabajar o salir del país con la promesa de estudiar que me había
hecho mi tío, pero aquello suponía perderla, no verla, no besarla ni olerla.
Sus ojitos de rabia y dolor me miraron enojada: me rechazó, me odió, no
entendió.
Me
fui con el corazón roto sin un beso de despedida o un abrazo siquiera, tal vez
ella tenía la esperanza de que yo vuelva, motivado por el exuberante amor que
vivía en mi pecho, a decirle que no me alejaría de su lado nunca. Los días en
aquel país extranjero fueron difíciles al principio; aprender el idioma y
relacionarme con la gente fue una labor ardua y tediosa. Recibía cartas de mi
madre y hermana, que solitas pasaban sus días;
me tenían solo a mí, yo seria el protagonista del sueño americano de las
dos, yo debía trabajar y estudiar mucho para sacarlas de esa vivienda, yo tenía
que ser una esperanza, un sueño, una luz y eso fui. No recibí una sola carta de ella, pero mi madre y
hermana me hicieron saber que mi partida la había destruido; yo le enviaba
cartas pero jamás respondió.
Al
tercer año en la universidad, me enteré
que ya salía con otro, que bebía,
que ya no era sencilla, que era una libertina. Mi amor por ella, que hasta ese
entonces seguía puro, se convirtió en dolor: el más grande que se puede sentir.
Las noticias acerca de su vida ya no eran las mismas, cada
vez mas inquieta, más nocturna, más lejos de mí.
Una
noche, en la habitación que me brindaba la universidad, estaba bebiendo solo, de pronto, sonó el
teléfono, y un llanto desgarrador escuché, seguidamente una voz desquebrajada
me decía: ‘’ayúdame, perdóname, vuelve’’, supuse que era ella y le dije que ya no la
amaba que ya la había olvidado, colgué el teléfono y esa misma noche, llena de
lagrimas y más alcohol, fue lo que continuó…
Los
días que transcurrieron fueron muy extraños, mamá y mi hermana ya no me
llamaban tan seguido, y escondían algo, yo lo presentía, era algún asunto grave
y tal vez no querían preocuparme. Ya no
supe más de ella.
Me
gradué con honores y trabajé tres años en una revista de Los Ángeles, pero la propuesta de una cadena televisiva para
ser su corresponsal en Perú, captó mi
atención; acepté de inmediato y de
sorpresa llegué a
casa, no al antiguo barrio donde vivía,
claro que no, yo había logrado el sueño americano, mi madre y
mi hermana naturalmente ya residían en una casa propia, con jardín y hasta una empleada,
muy lejos de mi antigua quinta.
Estar
de vuelta en mi país me hizo recordar aquel
amor colegial y apasionado que yo creía divino y eterno.
Además
de laborar como corresponsal del noticiero español, un canal local requería de
mis servicios como su reportero y sin pensarlo dos veces accedí a su pedido.
Una tarde, me enviaron a
cubrir una nota: el asesinato de un niño cuya victimaria era su madre;
aquello sonaba tan escalofriante e inhumano,
pero yo había vivido situaciones
peores y sin vacilar me en caminé al
lugar de los hechos. La multitud se agrupaba y un diminuto cuerpo, cubierto por
una bolsa negra y cargado por los
policías, se alejaba de la escena del crimen. Mi compañero gravaba el traslado
del cadáver y yo esquivaba a las personas para llegar hacia la autora del
asesinato. Ella, quien se cubrió con una
capucha verde caminaba como una
sonámbula, tomada del brazo por los
policías. La vecindad la llamaba
‘’asesina’’, ‘’mala entraña’’, entre otros calificativos; una mujer
gorda y morena le quitó la capucha del rostro y sus ojitos picaros llenos de
rabia y dolor igual que el día en que le
dije que me iría, me miraron esa tarde.
Yo tenía que obtener una declaración suya;
no pude, fue la primera vez que
no realicé objetivamente mi labor periodística. La policía se la llevó, me sentía muy tieso,
los demás reporteros fueron tras el patrullero, mi compañero me gritó,
pero yo no podía mas, permanecí estupefacto.
Ella asesinó al hijo que fue producto de una violación. Después
que yo la dejé su vida fue un infierno: su madre la abandonó y se quedó sola
con su padre, se dedicó a la bebida y a las fiestas, paso de relación en
relación, buscando el amor que se
hallaba en otro país estudiando; no había sido de nadie, hasta que una noche su
propio padre la violó, aquella
noche me llamó; y yo por segunda vez la
abandoné, la dejé a
su suerte. ¿De qué me sirvió lograr el éxito profesional? Yo me pregunto cada noche. No la tengo y me siento el más miserable de los hombres,
yo fui el causante de todas sus desgracias, si tan solo me hubiera quedado a su
lado. Ahora ella en la cárcel y yo con dos trabajos y mucho dinero. ¿La abandonaré
otra vez? No lo sé…
Escrito por: Patricia Santos López.